Una reflexión para el Día de las Madres, por Pablo A. Jiménez
La frase que sirve de título a esta reflexión es una que he escuchado centenares de veces. Personas que vienen a hablar conmigo, buscando algún alivio a la angustia emocional y espiritual que sufren, me cuentan sus respectivas historias personales. Por lo regular, esas historias tienen aspectos dolorosos; momentos tristes que ocasionaron la tristeza que tanto les pesa hoy.
Es interesante lo que ocurre cuando llegan al tema de mamá. Con dolor, me explican cómo mamá, en el peor de los casos, les abandonó o les maltrató. O me cuentan, en el mejor de los casos, de cómo mamá permitió que otra persona les abusara, ya fuera porque no se daban cuanta de la situación o porque ellas mismas también eran víctimas.
“Mami hizo lo mejor que pudo”, me dicen con dolor, tratando de excusar a esa mujer que tanto han amado. Es como si se sintieran obligados a defender a sus madres, porque no quieren que yo piense mal de ellas.
Y el hecho es que todas las personas que hemos tenido la dicha y aceptado la responsabilidad de tener hijos e hijas hacemos “lo mejor que podemos”, dentro de nuestras respectivas circunstancias. Y el hecho también es que en muchas ocasiones “lo mejor que podemos” se queda corto; sencillamente, no es suficiente para satisfacer las necesidades de nuestros seres queridos.
Los hijos a veces no comprendemos que nuestros padres y nuestras madres no lo saben todo. Esperamos que nos críen proveyendo todo lo que necesitamos, como lo necesitamos y cuando lo necesitamos. Cuando crecemos, comprendemos que no hicieron todo lo que debieron y eso causa resentimientos.
Cuando llegamos a ser padres o madres, nos damos cuenta de cuán difícil es esta tarea. Nos damos cuenta que tendemos a cometer los mismos errores que cometieron con nosotros. Y, a medida que pasa el tiempo, nos damos cuenta que no tratamos a los hijos y las hijas tenidos en la juventud de la misma manera como tratamos a los que hemos tenido en la edad madura. Los primeros pagan el precio de nuestras novatadas; los postreros se benefician de nuestra experiencia.
Una de las cosas más duras que puedo decirle a una persona es: “Sí, tu mamá hizo lo mejor que pudo, pero eso no fue suficiente”. La respuesta, por lo regular, es el llanto. Esa persona sabe que digo la verdad. Sabe que mamá tenía buenas intenciones, pero que su buena fe no pudo protegerle de los errores que cometió.
Por eso, es tan importante perdonar como pedir perdón. Sí, mamá hizo lo mejor que pudo, y se quedó corta. Papá también hizo lo mejor que pudo, y también se quedó corto. ¿Y yo? Yo también he hecho “lo mejor que he podido”, sabiendo que en algunos aspectos estoy fallando también.
En este Día de las Madres perdonemos los errores que otros cometieron con nosotros, y pidámosle perdón a quienes hemos defraudado. Al final, lo importante no es la perfección en la conducta y el carácter. Al final, lo más importante es el amor (1 Corintios 13.13).
Tema: El amor de Dios por la humanidad es comparable al amor de una madre por su cría.
Área: Sermón en ocasión del día de las madres
Propósito: Que la audiencia reflexiones sobre el aspecto maternal y femenino del amor de Dios.
Diseño: Narrativo
Lógica: Inductiva
Para establecer el tono
Hay experiencias que hermanan a la humanidad. Una de ellas es la maternidad. Todo ser humano conoce el amor maternal. Tanto hombres como mujeres hemos visto de cerca el inmenso amor y los cuidados que le proporciona una madre a su hijo.
La Biblia presenta varios ejemplos del amor maternal. Uno de los más emotivos es el caso de Agar.
Marco escénico
La historia de Agar forma parte del ciclo de historias relacionadas a Abram, el patriarca hebreo.
Abram había recibido la promesa de parte de Dios de que sería padre de un niño. Este sería su heredero (15.4). Sin embargo, al retardarse el cumplimiento de la promesa, su esposa Sara le sugiere que tome a su esclava como “madre sustituta.” Agar, la esclava, no tenía opciones. Su condición de esclava la obligaba a someterse a los deseos de su ama. Por eso Sara la trata como si fuera un objeto.
Trama
Agar concibió. Su embarazo cambió su situación en la casa de Abram. Agar ya no era un objeto; ahora era la madre del heredero. Esto provoca una situación de tensión y rivalidad entre Sara y Agar (16.4). Agar huye al desierto, quizás tratando de volver a su tierra (16.7). Y es precisamente en el desierto donde Dios viene al encuentro de Agar.
Pero esta no fue la única vez que Dios tuvo que venir en auxilio de la mujer egipcia. Unos 14 años después del nacimiento de Ismael, Abram vio cumplida la promesa del Señor. Abram hizo un pacto con Dios, pacto que cambió su nombre en el proceso a Abraham. Como señal del pacto, Abraham tuvo un hijo con Sara, llamado Isaac.
Esto sólo agravó la rivalidad entre Agar y Sara. Finalmente, Sara le ordenó a Abraham que echara a Agar a la calle. Abraham le dio un poco de comida para el camino—pan y agua—y Agar se encaminó al desierto.
Vencida por el hambre y la sed, Agar se echó a morir (21.15-16). Una vez más, Dios vino a su encuentro proveyendo agua en forma milagrosa, dándole así un nuevo futuro (21.17-19)
Punto culminante
¿Por qué Dios vino en auxilio de Agar? Hay varias respuestas posibles:
Podemos decir que Dios ama a todo el mundo.
O podemos explicarlo a base de la misericordia de Dios.
Quizás sea parte de su plan para la vida de Agar.
Ahora bien, creo que la respuesta es más profunda que eso. Dios intervino a favor de Agar porque Dios conoce de primera mano el amor que siente una madre por su hijo. Dios conoce el amor maternal porque ama a la humanidad como una madre a sus hijos.
Debemos recordar que Dios no es un hombre, sino un espíritu. Por lo tanto, queda claro que Dios no es un “varón”. De hecho, la Biblia emplea varias imágenes femeninas para describir el carácter y la acción de Dios.
Por ejemplo, hay varios pasajes bíblicos que describen a Dios como un ave que guarda a sus pollitos bajo sus alas. Deuteronomio 32.11-12 se compara a Dios con un águila y Mateo 23.37 con una gallina de pollos.
El libro de los Salmos se refiere constantemente a la protección que reciben los justos bajo “las alas de Dios” (Sal 17.8; 36.7; 57.1; 61.4; 63.7; 91.4).
Quizás el texto que relaciona más directamente el amor de Dios al amor maternal es Isaías 66.13, donde la profecía afirma que Dios consolará al pueblo exilado como una madre consuela a sus hijos e hijas.
Desenlace
En este sentido, hoy estamos celebrando el día del amor de Dios, encarnado y revelado en al amor de una madre. Del mismo modo que una madre ama, cuida y protege a sus hijos e hijas, Dios te ama, te cuida y te protegerá por siempre. Amén.
En la época de la Edad Media, los intérpretes cristianos de la Biblia llegaron a clasificar la interpretación de la Escritura usando cuatro “sentidos” que el texto bíblico puede tener. Aun durante este tiempo se sabía que algunos textos se podían tomar de forma literal y otros no. El problema era cómo determinar qué textos se deben interpretar literalmente y qué textos no. Hoy en día, tenemos que realizar la misma labor interpretativa. Por ejemplo, si alguien dice “mi hermano tiene más vidas que un gato,” esas palabras se tienen que juzgar para ver lo que se está diciendo. Es evidente que los gatos no tienen más que una vida, y por lo tanto no tendría ningún sentido pensar que la frase es una expresión literal de la realidad. Sin embargo, eso no quiere decir que lo que se está comunicando es una mentira. Si el hermano de la persona que está hablando ha sobrevivido a muchos incidentes que le pudieron costar la vida, entenderíamos que, aunque la frase no es cierta, la verdad que comunica sí es cierta. La clave no es sólo entender las palabras, sino el contexto y el significado de lo que se dice.
Ahora bien, en un sentido, los intérpretes medievales no estaban bien equipados para distinguir entre el sentido de las palabras en el contexto bíblico en contraste con el sentido de las palabras en su época. Para abordar el sentido normal de las palabras en la Biblia en sus términos originales, tenemos que saber cómo usaba la gente las palabras en los tiempos bíblicos. Tales significados eran las funciones de los mundos socio-culturales en los que los autores y el público de los textos bíblicos vivieron, y no siempre tenemos acceso claro a esas “estructuras profundas” detrás de la lengua.
Aunque los intérpretes medievales llegaron a hablar de cuatro posibles sentidos de las palabras de la Escritura, en realidad sólo se reducen a dos categorías—el sentido literal y el no literal. Ya sea que Ud. lea las palabras por lo que normalmente significan o Ud. las lee en algún otro sentido no literal. Así que uno de los cuatro sentidos de la Escritura es el literal, y los otros tres son formas no literales de leer la Biblia.
Los tres sentidos no literales o “espirituales” de leer las Escrituras son la 1) alegórica, 2) moral y 3) anagógica. El sentido alegórico ve una enseñanza o la verdad en el texto mediante la adopción de las palabras en algo distinto de su sentido normal. El sentido moral considera la formación ética acerca de cómo vivir, tomando las palabras en algo distinto de su sentido normal. El sentido anagógico o en el futuro ve a la enseñanza acerca de lo que está por venir, incluyendo el cielo o el más allá, mediante la adopción de las palabras en algo distinto de su sentido normal.
Para no desestimar este tipo de lecturas con demasiada rapidez, es importante reconocer que los autores del Nuevo Testamento interpretaron el Antiguo Testamento, en todas estas formas. Además, muchos maestros cristianos hoy en día utilizan este tipo de métodos sin darse cuenta, sobre todo maestros de la profecía. En Gálatas 4:21-31, Pablo hace una alegoría de la historia del Génesis de Agar y Sara. En 1ra de Corintios 9:9-10, Pablo interpreta moralmente el comando de Deuteronomio de no poner bozal al buey mientras que se pisa el grano, concluyendo que el verdadero significado de la orden tiene que ver con el apoyo material a los que hacen el trabajo del ministerio. Y Hebreos 4:8 sin duda le el Salmo 40 anagógicamente cuando toma el “descanso de Dios” para referirse a algo futuro en lugar de la entrada de Israel en Canaán.
La Reforma Protestante seriamente cuestiono el uso de la alegoría en la interpretación. La alegoría es cuando los elementos de un texto bíblico se hacen corresponder a verdades que no eran parte del significado original. El ejemplo clásico viene de la interpretación alegórica de San Agustín de la parábola del Buen Samaritano. El hombre que es asaltado es Adán, que es asaltado por el diablo y sus ángeles. El sacerdote y el levita son la Ley, que no pueden dar la salvación. Cristo es el Buen Samaritano y la posada es la iglesia. Obviamente, ninguno de estos significados era originalmente parte de Lucas 10.
En el 1500, Martín Lutero deseaba volver a las enseñanzas de la Biblia y podar los agregados de la Edad Media. Sin embargo, si la Escritura podía ser tomada alegóricamente, no había nada que pudiera detener a la Iglesia Católica Romana de afirmar que sus enseñanzas posteriores eran simplemente las interpretaciones adecuadas espirituales de la Biblia. Fue así como algo inevitable que el nuevo disco de “solo la Escritura” (Sola Scriptura) haría hincapié en la interpretación literal sobre interpretación “espiritual”.
Pero esta trayectoria introdujo un doble problema para los intérpretes protestantes. En primer lugar, existe el problema, como hemos visto, de que los textos del Nuevo Testamento en sí, a veces utilizan métodos alegóricos. El segundo problema es que los primeros siglos de la Iglesia son, posiblemente, el centro para el núcleo de la comprensión cristiana, ya que fue en los años 300 y 400s que nuestras creencias actuales acerca de la Trinidad y la divinidad de Cristo fueron determinadas muy en detalle. Uno podría argumentar que la interpretación “espiritual”, juego un papel importante en la formación de estas creencias cristianas básicas.
Para abordar el primer problema, los intérpretes protestantes desarrollaron una categoría llamada “tipología”, que ellos distinguen de la alegoría, a pesar de que esta distinción era desconocida para los antiguos. Tipología supuestamente se presentó cuando un autor del Nuevo Testamento tomo un pasaje del Antiguo Testamento en un sentido no literal, pero de una manera que se basaba en alguna verdad que era intrínseca al pasaje del Antiguo Testamento en sí mismo en sus propios términos. Así que cuando hebreos advierte a su audiencia a continuar en la fe hasta que Cristo regrese y lo contrasta con los israelitas que no entraron en el reposo de Dios en Canaán, la correspondencia es muy análoga.
El sentido moral o tropológico encuentra alguna instrucción ética mediante la adopción de algún pasaje en un sentido figurado. Cuando la interpretación en sentido no literal se divide de esta manera, la alegoría trata de aplicar más a la búsqueda de la enseñanza en un texto y el sentido moral tiene que ver con la búsqueda de la ética en un texto que no era ético en forma directa antes. Pablo encuentra así una ética de apoyar a los ministros en la instrucción que era, literalmente, de los bueyes.
Uno podría sugerir que la mayor parte de la enseñanza sobre la profecía dispensacional sobre el futuro, desde su surgimiento en la década de 1800 con John Darby hasta sus manifestaciones más recientes a través de personas como Tim LaHaye, es una variedad de interpretación anagógica o futurista. Pocos son los textos que estas escuelas de la profecía usan son realmente leídos en su contexto. Así que Marcos 13, que tan claramente se relaciona con la destrucción del templo en el año 70 se toma para profetizar un templo que aún no se ha reconstruido.
La aversión a la alegoría del protestantismo llevó a una distinción importante que debemos tener en cuenta en futuras conversaciones. A pesar de que sigue subsistiendo resistencia a la existencia de la alegoría en los textos bíblicos, es evidente que no todo en la Biblia es literal. Una parábola, por ejemplo, está destinada a ser interpretada simbólicamente por lo menos hasta cierto punto. Cuando Jesús dice que el reino de Dios “es como” algo que está utilizando un símbolo.
Por tanto, es mejor distinguir entre el “sentido simple” de la Biblia y espiritual, o un “sentido pleno” (sensus plenior) a un texto que distinguir entre lo literal y lo no literal. El simple sentido de un texto es su sentido original, ya sea que estaba destinado originalmente para ser tomado literalmente u originalmente para ser tomado como una metáfora, alegoría, etc. La pregunta entonces es si es apropiado para nosotros alegorizar el texto de manera que no se pretendía originalmente.