En las manos del alfarero (Jeremías 18)

Medios

Texto

Eran días malos; tiempos de crisis donde la tormenta se veía bordeando el horizonte.

Israel, el Reino del Norte compuesto por diez tribus hebreas, había caído en las manos de los Asirios. Los ejércitos extranjeros habían arrasado la ciudad, asesinado a los hombres jóvenes y adultos y violado a las mujeres. De Israel ya no quedaba nada.

Pasados casi cien años, los ejércitos babilonios acechaban al reino de Judá. La pregunta era: ¿Pasará aquí lo que pasó allá? ¿Caerá Jerusalén como cayó Samaria? ¿Será Judá borrada de la faz de la tierra?

El tema del futuro de Jerusalén dividía al liderazgo religioso de Jerusalén. La mayor parte de los sacerdotes afirmaban que Jerusalén no podía caer en manos de los ejércitos extranjeros. Afirmaban que Dios intervendría milagrosamente para garantizar la seguridad de la Ciudad Santa.

Sin embargo, el profeta Jeremías tenía una visión distinta. El profeta afirmaba que Dios había entregado la ciudad en las manos de los invasores extranjeros, debido a los muchos pecados de la comunidad. Acusaba a los reyes y las familias de los poderosos de haber violado el pacto con Dios, robando al pueblo inocente. También acusaba al pueblo de haber caído en el pecado de la idolatría, adorando a las divinidades de los pueblos extranjeros. Sus palabras eran muy duras.

Jeremías anunció que los ejércitos extranjeros invadirían Jerusalén: «Del norte se soltará el mal sobre todos los moradores de esta tierra. Porque yo convoco a todas las familias de los reinos del norte, dice Jehová; vendrán, y pondrá cada uno su campamento a la entrada de las puertas de Jerusalén, junto a todos sus muros en derredor y contra todas las ciudades de Judá (Jer. 1:14-15).

Y sobre la idolatría del pueblo, el Profeta decía: «Cómo te he de perdonar por esto? Tus hijos me dejaron y juraron por lo que no es Dios. Los sacié y adulteraron, y en casa de prostitutas se juntaron en compañías. Como caballos bien alimentados, cada cual relinchaba tras la mujer de su prójimo. ¿No había de castigar esto?, dice Jehová. De una nación como esta, ¿no se había de vengar mi alma? Escalad sus muros y destruid, pero no del todo; quitad las almenas de sus muros porque no son de Jehová. Porque resueltamente se rebelaron contra mí la casa de Israel y la casa de Judá, dice Jehová» (Jer. 5:7-11).

El pueblo estaba muy confundido. ¿Cómo discernir la verdad entre estos dos mensajes? Los profetas de la corte del rey decían que Jerusalén no podía caer en manos extranjeras. Pero Jeremías anunciaba juicio, diciendo: «No confíen en esos que los engañan diciendo: ¡Aquí está el templo del Señor, aquí está el templo del Señor!» (Jer. 7:4)

Los profetas acostumbraban acompañar sus mensajes con actos proféticos que, de alguna manera, ilustraban sus enseñanzas. Jeremías hizo varios actos proféticos, pero quizás el más memorable es el que hizo en la casa del alfarero.

Jeremías escuchó la voz de Dios que le decía: «Levántate y desciende a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras» (18:2). Al llegar allí, el profeta vio al alfarero de la vecindad que estaba trabajando en el torno.

El torno de alfarero es una máquina que tiene una superficie redonda y plana (también llamada la «platina») sobre un eje que la hace girar. Sobre la platina, el alfarero modela o tornea el barro con las manos mojadas en una substancia llamada «barbotina» (una pasta con alto contenido de agua). El artesano moldea el barro por medio de apretones y estiramientos.

En la antigüedad, el torno era movido por el pie del alfarero, que actuaba sobre una pesada rueda de madera. Esto le daba al sistema suficiente inercia para girar constantemente a pesar de la presión y el freno que ejercía el alfarero sobre el barro.

Mientras el profeta veía al alfarero trabajar, notó que la vasija le estaba saliendo mal (v. 4). Entonces, usando el mismo barro, el alfarero unió la masa y volvió a empezar. Esta vez, la vasija quedó bien y el alfarero pudo colocarla en el horno (v. 5).

En ese momento, Dios volvió a hablarle al profeta, diciendo: «¿No podré yo hacer con vosotros como este alfarero, casa de Israel?, dice Jehová. Como el barro en manos del alfarero, así sois vosotros en mis manos, casa de Israel.» (v. 6).

Ese día el pueblo de Judá comprendió el mensaje que Dios le había dado a Jeremías. Dios no deseaba destruir a su pueblo. Del mismo modo que el alfarero podía hacer otra vasija de la misma masa de barro, Dios quería darle una nueva forma a su pueblo. Como el alfarero no desecha el barro, Dios no deseaba desechar a su pueblo.

Dios desea que su pueblo comprenda que ha pecado y que, arrepentido, regrese a la comunión con Dios. Dios no desea destruir a su pueblo, como tampoco desea substituirlo por otro pueblo. Dios desea darnos una forma nueva, un camino nuevo, un futuro nuevo.

Lamentablemente, el pueblo de Judá no cambió sus caminos y terminó oprimido por los babilonios. El liderazgo político, cívico y religioso fue deportado a Babilonia, donde fue encarcelado en campos de concentración. El liderazgo militar fue asesinado. Pasaron varias décadas antes que el pueblo judío pudiera volver a su tierra.

Lamentablemente, muchas personas hoy leen este pasaje como una pieza arqueológica. Lo ven como una reliquia del pasado, que habla de las tribulaciones del antiguo pueblo de Israel. No piensan que tiene pertinencia alguna para sus vidas.

Yo les propongo otro camino. Leamos este pasaje bíblico como lo que es: palabra de Dios para nosotros hoy. Dios le dice hoy a nuestro pueblo que debe mejorar sus caminos y sus obras si quiere un futuro de paz y prosperidad. Por mucho tiempo nos hemos amparado en la idea de que «nada malo nos puede pasar». Mientras tanto, el crimen arropa nuestra tierra, derramando la sangre de personas inocentes.

Basta ya; basta ya de usar el nombre de Dios en vano para justificar nuestros excesos. La corrupción tiene un precio muy alto. La crisis de valores que carcome nuestro pueblo nos está matando a plazos cómodos. Si no cambiamos nuestros caminos, enfrentaremos el juicio de Dios.

La buena noticia es que el juicio de Dios no destruye, sino que transforma. Dios no quiere destruirte, sino que quiere darle una vida nueva.

Dios no quiere destruir a la iglesia, sino que quiere transformarla en una comunidad de fe vibrante que bendiga a toda nuestra comunidad tanto con sus palabras como con sus obras de misericordia.

Dios no quiere destruir al pueblo, sino que quiere darle un nuevo futuro, en el nombre del Señor. AMÉN.

Con vino y aceite: Un sermón narrativo sobre el Buen Samaritano (Lucas 10.25-37)

Un sermón narrativo en primera persona sobre el Buen Samaritano, una parábola que se encuentra en Lucas 10.25 al 37.

Sobre el Buen Samaritano – Medios

El Buen Samaritano – Lucas 10.25-37

En ese momento, un intérprete de la ley se levantó y, para poner a prueba a Jesús, dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» 26 Jesús le dijo: «¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees allí?»27 El intérprete de la ley respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.» 28 Jesús le dijo: «Has contestado correctamente. Haz esto, y vivirás.»

29 Pero aquél, queriendo justificarse a sí mismo, le preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» 30 Jesús le respondió: «Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones, que le robaron todo lo que tenía y lo hirieron, dejándolo casi muerto. 31 Por el camino descendía un sacerdote, y aunque lo vio, siguió de largo. 32 Cerca de aquel lugar pasó también un levita, y aunque lo vio, siguió de largo. 33 Pero un samaritano, que iba de camino, se acercó al hombre y, al verlo, se compadeció de él 34 y le curó las heridas con aceite y vino, y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura y lo llevó a una posada, y cuidó de él. 35 Al otro día, antes de partir, sacó dos monedas, se las dio al dueño de la posada, y le dijo: “Cuídalo. Cuando yo regrese, te pagaré todo lo que hayas gastado de más.” 36 De estos tres, ¿cuál crees que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?» 37 Aquél respondió: «El que tuvo compasión de él.» Entonces Jesús le dijo: «Pues ve y haz tú lo mismo.»

Instrucciones

Suscríbase a este podcast por medio de www.prediquemos.com

Visite www.predicar.net

Visite www.drpablojimenez.com 

Suscrí­base a este podcast por medio de iTunes, para dispositivos Apple: https://itunes.apple.com/us/podcast/prediquemos/id1358157330?mt=2 

Suscrí­base a nuestro canal de YouTube, donde podrá ver y escuchar centenares de sermones y conferencias: http://www.youtube.com/user/drpablojimenez

Escuche Prediquemos en Spotify: https://open.spotify.com/show/1JqEInrAUgNunx0nfyKc9l

Para comprar los libros del Dr. Jiménez acceda a: http://drpablojimenez.com/libros/

el Buen Samaritano - Lucas 10.25-37
Vea otros sermones narrativos

El relato de Mateo

El relato de Mateo es un ensayo de teología narrativa que analiza la estructura literaria del Evangelio según Mateo.

¿Por qué el Evangelio de Mateo relata la historia de Jesús de Nazaret? ¿Por qué la historia de Jesús debe ser relatada una y otra vez? En este trabajo presentaré una breve reflexión del relato de Jesús según Mateo. Mi tesis es que Mateo relata esta historia con el propósito de revelar la verdadera identidad de Jesús. Según Mateo, Jesús es el Hijo de Dios encarnado. En Jesús de Nazaret Dios está con nosotros y demuestra Su solidaridad con la humanidad.

Vea este vídeo en nuestro canal de YouTube.

El interés de Mateo de revelar la verdadera identidad de Jesús queda bien claro a través de todo el Evangelio. De forma muy particular, los primeros dos capítulos están dedicados a esta tarea. El Evangelio de Mateo comienza presentando el linaje de Jesús a través de su genealogía (1.17). Las primeras porciones bíblicas o «perícopas» están dedicadas a explicar su nacimiento u «origen», como dicen algunas traducciones de 1.18. Aquí encontramos una declaración arrebatadora en cuanto a la identidad de Jesús: un niño concebido del Espíritu Santo (1.20), cuyo nombre afirma su ministerio salvífico (1.21). En resumen, Jesús es «Dios con nosotros» (1.23).

Pero esto es tan solo el comienzo de la revelación del Evangelio. En los capítulos 3 y 4, Jesús comienza su ministerio cuando una voz celestial, luego de su bautismo (3.16-17) proclama que es el «Hijo de Dios». Su primer ataque es con el mismo diablo. El tentador le ofrece «los reinos del mundo» (4.8), más Jesús opta por proclamar «el reino de los cielos» (4.17).

Es aquí que llegamos al corazón del Evangelio de Mateo. ¿Quién es este Jesús? Jesús es el Hijo de Dios y en quien se manifiesta la soberana voluntad de Dios. Estas son las «buenas nuevas», las buenas noticias. Por lo tanto, Mateo nos relata la historia de Jesús porque esta narrativa teológica revela el plan de salvación de Dios.

De aquí en adelante, el Evangelio nos presenta distintos aspectos del ministerio de Jesús. Primero, presenta a Jesús como el Maestro que proclama que el reino de los cielos se ha acercado (4.12-17), y que llama al servicio, es decir, al discipulado cristiano (4.18:22). Segundo, Jesús es un poderoso sanador que sana toda enfermedad y dolencia en el pueblo (4.23) y que hecha fuera demonios (4.24). Gracias a la estructura del Evangelio según Mateo vemos desarrollar esta doble imagen; la dualidad del ministerio de Jesús. Las enseñanzas de Jesús están recopiladas en cinco sermones o discursos:

1.Sermón del Monte: 5.1 al 7.27

2. Sermón Misionero: 10.1-42

3. Sermón de las Parábolas: 13.1-53

4. Sermón eclesiástico o sobre la Iglesia: 18.1-35

5. Sermón escatológico o sobre el final de los tiempos: 24.1 al 25.46

Los cinco discursos están claramente delineados por la frase «y cuando terminó Jesús estas palabras…» (7.28; 11.1; 13.54; 19.1 y 26.1). Al comienzo de cada sermón encontramos otras recolecciones de dichos o enseñanzas, como las que encontramos en 11.7-30 y 23.1-39.

Pero Jesús no solamente enseñó «como quien tiene autoridad» (7.29) sino que demostró su autoridad y poder a través de su ministerio de sanidad y liberación. En Mateo, los sermones que presentan las enseñanzas de Jesús están entrelazados con narrativas que presentan la práctica de Jesús. Jesús ejerció un ministerio de misericordia, sanando a las personas enfermas y liberando a la humanidad de la opresión de las fuerzas del mal.

Este patrón continúa hasta el capítulo 26.1, donde comienza la narrativa de la Pasión. La Pasión es la confrontación final de los dos reinos. En la cruz, la Vida misma lucha contra las fuerzas de la muerte. La interrogante sobre la identidad de Jesús está en el centro de la controversia (26.63-66 y 26.11). Jesús declara ser el Mesías. Es una ironía que fuera asesinado por declarar esta verdad. La resurrección (28.1-10), así, es la victoria de la Vida. Sin embargo, los derrotados poderes de la muerte aún están activos (28.11-15). Esto crea una tensión escatológica que solamente se resolverá en el Juicio Final (25.31-46).

Una vez más surge la cuestión de la identidad de Jesús. En los últimos versículos del Evangelio de Mateo –mejor conocidos como La Gran Comisión (28.16-20)— el Jesús Resucitado delinea la misión de la Iglesia para el futuro. La comunidad de fe es instruida a hacer precisamente lo que Mateo ha estado haciendo: hacer discípulos, enseñar e imitar a Jesucristo, el Hijo de Dios, quien ha prometido estar con nosotros siempre, hasta el fin del mundo (28.19-20a).

Para resumir, el Evangelio de Mateo es una narrativa teológica que proclama las Buenas Nuevas de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios Vivo (viviente) (16.16). En el poderoso ministerio de justicia y misericordia de Jesús hacia (para con) la humanidad es que se allega (hace patente) el Señorío de Dios. La Iglesia tiene la misión de decir y volver a decir -o sea, interpretar- la historia de Jesús con el propósito de hacer más discípulos para el Reino. A través del proceso interpretativo, la comunidad de fe es llamada a afirmar la Vida y a luchar contra los poderes de la muerte. 

El relato de Mateo
Vea otros recursos para el estudio de la Biblia.